lunes, 22 de febrero de 2010

¿Una Quinta Internacional bolivariana?; por Luis Mattini


Partimos del hecho indiscutido de que las guerras de la Independencia en América significaron la constitución de los Estados Nacionales afirmando el desarrollo capitalista en este continente. Eso quiere decir que, desde el punto de vista del mito del progreso, se suponía que frente al “atraso” de las sociedades americanas, los llamados patriotas fueron los representantes del “progreso” de origen europeo de aquella época. Pero claro ese también es nuestro punto de vista… digo el que aprendimos nosotros, los criollos, o sea los descendientes de no americanos nacidos en América. ¿Se nos ocurrió pensar alguna vez que podría haber otro punto de vista, además del de los colonialistas españoles?

Me atrevería decir que no. Porque me atrevo a decir que nunca nos lo fue planteado por nuestro sistema educativo, ni la línea liberal ni la línea revisionista. Nunca se lo escuché a mi maestra sarmientista, pero tampoco a Hugo Wast ni a sus sucedáneos “de izquierda”, como Hernández Arregui o Galazzo. Sin embargo existe al menos otro punto de vista muy importante y es el de los pueblos aborígenes. Para ellos, nuestros patriotas formaban parte de la opresión colonial y, en todo caso, las guerras de la Independencia fueron guerras en el intestino del orden colonial. Cierto es que en el alma de algunos patriotas estaba incluida la preocupación por los indígenas, cierto es que había quienes incluían en la liberación nacional la redención de los pueblos aborígenes, sobre todo los jacobinos como Castelli o Monteagudo, pero no era el centro de las preocupaciones de la mayor parte de los patriotas ya que ellos representaban a las clases dominantes criollas. Y para colmo los hechos posteriores a la creación de los estados independientes confirmaron la desconfianza o los “prejuicios” de los indígenas: en la mayoría de los casos, esas clases dominantes, ahora en el poder político, fueron iguales o peores que los españoles respecto a los aborígenes.

Y de esto no escapa ni el mayor héroe criollo de América, Simón Bolívar, uno de los fundadores de Estados Capitalistas. Más allá de sus declaraciones incluyendo a los indígenas entre los ciudadanos a emancipar, lo cierto es que Bolívar promovió, y luego aceptó de buen grado, la separación del llamado entonces Alto Perú para fundar la república que lleva nada menos que su nombre: Bolivia. Así se dio una de las grandes paradojas de América, una de las regiones de mayor presencia aborigen, de la parte más antigua y de extensas y muy ricas culturas precolombinas de Sudamérica, sólo comparable con México, la actual Bolivia, lleva el nombre de un conquistador, mientras que ese paisito, compuesto en su inmensa mayoría por criollos de tradición democrática, no se llama “Artigias”, sino que lleva con legítimo orgullo un nombre aborigen: Uruguay

Pero un detalle no menor fue que Bolívar no sólo propició la división del Perú porque, entre otras cosas, era una amenaza para su muy criolla “Gran Colombia (fíjese que nuevamente la manía con los nombres europeos: Colón) sino que redactó la primera constitución para la flamante república de Bolivia, cuyo texto expresaba una mezcla de principios del republicanismo liberal con la defensa contra el desorden que, según él, amenazaba los logros de los libertadores hispanoamericanos, en particular, como queda dicho, el destino de la Gran Colombia, que en apariencia se mantenía tranquila pero en la que desde hacía poco se estaba oyendo un creciente coro de quejas.
Bolívar llegó a la conclusión de que era necesario enderezar la balanza a favor de la estabilidad y la autoridad; y la constitución boliviana fue la solución que dio. La característica más importante de la constitución fue la prescripción de un presidente vitalicio que tenía el derecho de nombrar a su sucesor; como una monarquía constitucional, cuyos poderes legales estaban estrictamente definidos, nobleza obliga reconocerlo, pero que a la vez tenía un muy amplio potencial de influencia personal. Este invento se complementaba con un complejo congreso de tres cámaras una de las cuales era la Cámara de Censores. El tono general de la constitución era una mezcla apenas convincente de cesarismo y aristocraticismo. En Bolívar ni el jacobinismo ni la vocación democrática parecían su fuerte, menos aún el internacionalismo.

Bien, los historiadores dicen que el libertador tuvo sus razones; La necesidad de orden, frente al lógico caos post guerra revolucionaria, era la principal, pero entre las no menores, estaba también el hecho que las clases dirigentes de esa época consideraban que los pueblos de Iberoamérica no estaban maduros como los anglosajones para ejercer la plena democracia.

Bueno, uno no quiere ser mal pensado, pero a juzgar por los hechos parece que ese prejuicio sigue firme doscientos años después. Tenemos síntomas de monarquía en Cuba, re-re-reelecciones lamentablemente tanto entre los progres venezolanos, como entre los reaccionarios colombianos y en varios países; además estamos llenos de padres protectores. Ni hablar de esa clase bien llamada “despotismo ilustrado” que existe no sólo en Argentina, sino en toda Iberoamérica.

Pero Iberoamérica no es solo las guerras de la independencia, es toda una historia de luchas posteriores, con harta frecuencia impregnadas de clasismo pero disfrazadas de “nacionales y populares”, envenenadas de nacionalismo, ese indigesto invento europeo que hemos sabido importar sin el debido asco. La revolución mexicana es el máximo ejemplo seguido por la fresca revolución cubana. De allí tenemos figuras alejadas de intereses de la burguesía, de los Estados nacionales; como ser, Pancho Villa, Zapata, Sandino, el Che, Camilo, el subcomandante Marcos y otros hombres saludablemente ajenos al nacionalismo. ¿José Carlos Mariátegui me recuerda Ud.? Ah si, claro…incluso él, a pesar de su desdén por los criollos descendientes de africanos, escrito en su séptimo ensayo de interpretación de la realidad peruana. ¿Por qué entonces Chávez, desde Venezuela, llama a crear la Quinta Internacional bajo la inspiración del patriota Bolívar, creador de Estados nacionales, o sea lo contrario al internacionalismo? ¿Por qué, si su llamado es sincero, no se inspira en los revolucionarios de Nuestra América? ¿O es que todavía no hemos superado el contrabando stalinista que supimos comprar a pesar de nuestras críticas al stalinismo? Me refiero a ese contrasentido llamado “Patria Socialista”, base de la pretendida “vía estatal” al socialismo, la que en última instancia fue en la URSS y en China, la ”larga vía hacia el capitalismo”.

Convengamos que el improvisado Chávez puede decir lo que se le ocurra repitiendo unas re manidas frases marxistas. Convengamos que está imitando a los cubanos, sin ver que Cuba se aleja cada vez más del marxismo para acercarse al espejo del Estado Teocrático Norteamericano, en forma de sutil monarquía. Pero lo asombroso es que viejos militantes, gente que como yo, llevamos décadas de lucha desde una postura internacionalista, compremos ese discurso Entonces pregunto: Si queremos ser radicales en nuestras posturas —y no cabe dudas que Chávez pretende “corrernos por izquierda”— por qué un burgués, muy honorable, muy revolucionario, pero burgués al fin y al cabo, como Bolívar y no un rebelde y revolucionario de vocación como el Che, Zapata o el subcomandante Marcos?.

Pero veamos también la experiencia vivida ya por millones de personas que no sólo nos sentimos internacionalistas, sino que ha sido nuestra práctica militante: la Primera Internacional, fundada por Marx y los anarquistas, cumplió un papel importante en la organización de la clase obrera de su época y luego se agotó por insuficiente desarrollo al no poder contener a los anarquistas, los socialistas y los comunistas todos juntos. La Segunda Internacional, fundada por Engels, creó socialdemocracia mundial y entró en crisis cuando los partidos socialistas fueron capturados por el chovinismo en la “defensa de la patria” en vísperas de la primera guerra mundial. La Tercera Internacional, fundada por Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo fue la respuesta a la catástrofe ideológica de la Segunda, A los pocos años , con la muerte de Lenin y Rosa, el destierro de Trotsky y la zorroneria de Stalin asumiendo el poder absoluto, fue esclava de su sujeción a la política estatal de la URSS y finalmente disuelta en las postrimerías de la segunda guerra mundial, por el pacto de los rusos con los aliados. La Cuarta Internacional, un invento de Trotsky, existió sólo como un grupo de “burócratas sin fronteras”, sobre todo como una rara celestina de partidos trotskistas que en medio siglo solo han aprendido a recitar un discurso contestario parándose siempre “a la izquierda” en toda asamblea, para ver pasar la revolución a su costado. Digamos a título de ejemplo, que el PRT-ERP argentino, dirigido por Santucho, tuvo que romper con la Cuarta Internacional para poder llevar adelante la práctica guevarista que le caracterizó

Conclusiones: es infructuoso y contraproducente impulsar grandes conglomeraciones internacionales “por arriba”. Haciendo una caprichosa analogía, observemos también las dificultades para el desarrollo de los novedosos “Foros” que se reúnen para discutir y encarar problemas comunes a los seres humanos. Queda cada vez más a la vista que la política de transformación revolucionaria se diluye cuando se desliza por la superestructura. La historia de la humanidad revela que los cambios se fueron dando desde abajo y sólo en determinado momento, el de la insurrección o del asalto al poder, se proyecta todo hacia la superestructura. De pronto vemos que en realidad cuando una revolución “estalla”, realmente es porque ya se hizo; la cruda realidad de la historia, además, indica que la revolución siempre sorprende a los revolucionarios. Justamente, el talento revolucionario es prepararse para la sorpresa.

Pero respecto a la disparatada propuesta de Chávez, digamos que las consecuencias trágicamente dolorosas de la práctica de la Tercera Internacional, su sujeción a las necesidades de la URSS, enseña que no se puede ni pensar en un organismo mundial en el que compartan espacios de lucha los movimientos revolucionarios en el llano, con los gobiernos de un Estado. Un Estado, cualquiera fuere, capitalista o socialista, obedece objetivamente a políticas e intereses de Estado y estas políticas, no sólo suelen no estar acordes con las políticas de los movimientos en el llano, sino que , la mas de las veces se contradicen. Tenemos la trágica experiencia de la URSS y China y la amarga experiencia de Cuba. Un Gobierno de un Estado se debe al Estado.

Por último, a ver si alguien tiene a mano la forma de informarle a Chávez que el socialismo marxista desarrollado, implica la disolución del Estado. El comunismo sólo será realidad como movimiento social, con la disolución del Estado.

Y no es sólo que yo me he hecho anarquista a la madurez, (o a la vejez, como dicen algunas por ahí) sino de que este siempre fue el punto común entre Marx y el anarquismo.

sábado, 9 de enero de 2010

La moral, la tragedia ateniense y la ética.


Algo sobre el papel del individuo en la historia

Propongo un breve examen sobre el papel de los seres humanos en la historia y dentro de ella el papel del individuo, aclarando que este examen deviene fundamentalmente de nuestra experiencia militante

Aclaración: Para evitar las antiestéticas consecuencias literarias en castellano de ese feminismo beato, de claro signo anglo sajón, que, trasladado a nuestra lengua, confunde un elemento gramatical llamado "género" , femenino y masculino, con otras acepciones de esa palabra, como ser los géneros sociales, biológicos o tejidos, aclaro que en todos los casos me refiero a seres humanos: mujeres y varones. Prometo poner mi buena voluntad no usando el vocablo genérico "hombre", pero mi buen gusto se niega a escribir "la persona y el persono"; " el ser humano y la sera humana" o ese absurdo adefesio de cambiar la muy latina letra "o" por el signo arroba en las palabras en posición gramatical genérica. ("todos, "muchos" "amigos" , "nosotros", etc)

Bien, terminada esta aclaración, digamos que yo empecé a militar a los quince años cuando de un modo casual, casual en lo que hace a mi concretura, me topé con gusto con la idea de que éramos agentes de la historia. La adquirí de inmediato con enorme entusiasmo, porque esa idea funcionó como un fortísimo estimulante, casi diría una justificación venida desde cierta trascendencia, al impulso vital que, no se sabe desde dónde, nos empujaba hacia el compromiso militante. Y cuando nuestros padres, tíos, vecinos o compañeros de trabajo nos preguntaban, respondíamos de diversas maneras, plenos de pasión y satisfacción por "el hacer", argumentando que militábamos porque no tolerábamos la injusticia social, que nos dolía el sufrimiento de los niños, que el mundo debía ser cambiado; pero en última instancia nos decíamos agentes de la historia. O sea un rol predeterminado, una especie de mandato.

Insisto, hoy a más de cincuenta años de esas cosas, estoy seguro que eso era sólo un argumento para darnos derecho a actuar y coraje para enfrentar las oposiciones. Porque el impulso estaba signado por la potencia del deseo, entendiendo éste como la tendencia de cualquier cuerpo a realizar sus potencialidades. Si era el cuerpo el que pensaba y hacía, era el cerebro el que debía justificar esa acción, esa manifestación del deseo. En ese aspecto éramos inmanentes con justificación trascendente. Nos movíamos por fuertes impulsos del deseo interno pero lo argumentábamos con la trascendencia externa de la historia como una determinación. Para jugar con las palabras, se podría decir que en teoría aceptábamos la trascendencia pero en la acción concreta nos movíamos en la inmanencia.

La prueba de ello fue que nosotros, en los hechos, no hemos respetado las supuestas "leyes de la historia" que dictaba la postura trascendente, idealista o materialista; o sea las "condiciones" para actuar, no aceptábamos la afirmación que para poner fin a la injusticia había que esperar la maduración de las condiciones, el "desarrollo de las fuerzas productivas". Así, por ejemplo, de hecho, en nuestra práctica, compartimos sin saberlo, el sano criterio feminista, —el modelo más acabado de la inmanencia que les hace rechazar el papel que pretende adjudicar a las mujeres la visión trascendente—, de plantear la reivindicación "aquí y ahora". Sin embargo, contradictoriamente, en nuestro discurso trascendente sosteníamos que la mujer debía esperar la liberación del proletariado, por ser el sujeto histórico que, al liberarse a sí mismo, liberaría a toda la humanidad. Por suerte el feminismo no escuchó este discurso trascendente y, por el contrario lo rechazó en teoría y en práctica; así cotidianamente siguen cosechando, con altibajos pero en sentido creciente, cada vez más conquistas.

Ya aceptando el compromiso racional con el determinismo histórico, nos obstante, nos subdividíamos en dos tendencias: aquellos que creían que la historia la hacían personas determinadas y aquellos que sosteníamos que la historia era obra de las masas, del pueblo. Los primeros eran proclives a lo que yo llamo "visión conspirativa de la historia" Para ellos todo dependía del talento de los grandes hombres y en consecuencia también el mal dependía de la maldad de los gobernantes, tiranos o corruptos.

Plejanov, el padre de marxismo ruso, tiene un interesante trabajo "El papel del individuo en la historia" en el que, partiendo de que la historia la hacen los pueblos, las masas, señala cuál es el mérito y los atributos que deben tener los dirigentes y su relación de ida y vuelta con las masas. En ese sentido el libro de Plejanov fue nuestro manual. Sobra agregar que la literatura marxista es riquísima en este tema.

No así en lo específico de la visión conspirativa de la historia, pues suele ser una postura eminentemente emocional, probablemente irracional que se refleja en los hechos, a veces incluso en individuos que aceptan formalmente la teoría de Plejanov. Ocurre que esta concepción surge cuando ciertos hechos no tienen explicación, contradicen la teoría. Por ejemplo: la caída de los dirigentes que aborta una acción revolucionaria; entonces la visión conspirativa sugiere que tiene que ser la obra de un traidor. Esta visión es realmente aguda cuando atribuye las limitaciones de los revolucionarios a maniobras insidiosas del enemigo, o sea literalmente cuando el enemigo conspira dentro de la organización. Insisto, este punto de vista es nefasto porque ubica siempre el mal fuera de nosotros y por lo tanto impide el aprendizaje, la corrección. Porque recíprocamente todo dependerá de la genialidad del dirigente o del agente enemigo. Una mirada atenta nos indica que este punto de vista tiene cierta raíz monárquica y explica la transformación de los revolucionarios en el poder en una especie de nueva nobleza, gobernantes eternos, como en caso de algunos asiáticos, incluso en Cuba, el recambio de los cuadros por herencia familiar.

Esa visión conspirativa se expresa también en frases hechas, consagradas como verdades absolutas, como ser. "Un traidor puede con cien valientes". O la expresión popular "Seguro que hubo una cantada". "Todo hombre tiene su precio" O sea, los problemas no se derivan de una correlación de fuerzas, de mayor o menor talento de las partes en lucha, de circunstancias, incluso de determinado grado de azar, sino de traiciones o genialidades. En ese sentido conspirar es casi mala palabra, significa actuar traidoramente. Nosotros, en cambio, llamábamos "métodos conspirativos", a los métodos para moverse en la clandestinidad cuya esencia era aparentar distinto a lo que se era. Las condiciones de un actor, de un farsante, eran beneficiosas para un clandestino pues podía disimular mejor.

Este es el planteo del asunto: Intento no presentar las cosas en blanco sobre negro, sino ver que todos tenemos alguna brizna de esa concepción. Dicho de otra manera, todos los humanos tenemos al menos algunas briznas de idealismo o materialismo, de búsqueda de la trascendencia y actuar con la inmanencia, de conspiradores, de sentimientos egoístas y altruistas; lo único que nos define y establece las diferencias esenciales es "el hacer".

Y el tema no sería digno de demasiada preocupación si sólo se tratara de unos individuos aislados con visiones conspirativas, sino de que este aspecto está más extendido de lo sospechado y cobra más cuerpo a medida que la tarea emancipatoria de hace mas difícil, dicho de otra manera, frente a la amenaza de derrota.

Porque, lo repito de otro modo, la visión conspirativa de la historia lo explica todo y deja a los sobrevivientes la conciencia tranquila. "Yo hice las cosas bien, pero me traicionaron". La teoría del "entorno" que consiste en pensar que las "fallas" de los dirigentes, se deben a su "entorno", una especie de cortesanos que los aisla del mundo real. Eso fue claro en los Montoneros con respecto a Perón.

A propósito de tal, me distraigo un momento del tema central para recordar que en la discusión sobre los años setentas por parte de protagonistas sobrevivientes, testigos de época y descendientes de ambos, se verifica la presencia de esta visión conspirativa de la historia. Esto es, creer que no triunfamos culpa de traiciones sin analizar a fondo las causas en cada momento y en su conjunto. Creer que Montoneros fracasó porque fue un grupo fomentado inicialmente pro la CIA es tan absurdo como cuando el envidioso de Virgilo Expósito dijo por radio que Gardel era un producto de Broadway.

El otro extremo es la muy racionalista idea de que si las cosas se piensan correctamente y se planifican con justeza , siempre tienen que salir bien. Si no salen bien, no es porque el oponente fue más sagaz o talentoso, porque hubo circunstancias, sino por que se hicieron mal. El racionalismo consiste en creer que siempre se puede saber a priori mediante el razonamiento analítico previsible, o sea que el cerebro puede conocer antes que el cuerpo. Creer que se puede aprender a nadar antes de meterse en el agua.

Esto que se ve sin alarma en la vida cotidiana, durante el desarrollo más o menos "normal" de las cosas, cobra carácter, a veces de tragedia, en las situaciones agudas, de extremo enfrentamiento y riesgos de vida. Tragedia sí, a veces tragedia, en el sentido ateniense del concepto. Tragedia es cuando los hechos se precipitan sin arreglo a las mentadas "condiciones objetivas" y se juega el destino del "factor subjetivo", entendiendo éste como la voluntad del individuo.

El caso de la acción del Che en Bolivia es paradigmático, sobretodo porque detrás de ese ejemplo nos movimos toda una generación. Porque la experiencia del guevarismo confirma la afirmación de Nietzsche en el sentido que los atenienses tenían un sentido de alegría de lo trágico. La mayoría de los que participamos recordamos aquellos tiempos como los años mas felices de nuestra vida a pesar de la derrota y las dolorosas pérdidas Visto desde hoy, con la distancia que da el tiempo y los acontecimientos posteriores, es casi indiscutible que el proyecto de iniciar "uno, dos, tres, muchos vietnams" no se correspondía con las mentadas condiciones objetivas. Dicho de otra manera, se podía prever la derrota. De hecho muchos la previeron y por eso no se comprometieron y hoy en día nos refriegan ese acierto preventivo como una hazaña del intelecto. Claro que prever la derrota es siempre mucho más fácil que prever la victoria.

Ocurre que quienes se vanaglorian de haber "acertado" con su crítica al foquismo de Guevara, olvidan y se desligan de toda responsabilidad en la vergüenza de la guerra de Vietnam. Olvidan el discurso del Che en Argelia donde condena a los países socialistas porque han abandonado a Vietnam a su suerte. Desde el punto de vista de la moral, entendiendo por esta, la conducta ordenada por La República de Platón, que el movimiento emancipatorio progresista adquirió acríticamente, aceptando ese "deber ser" moral; desde ese punto de vista, digo, la oposición al foco de Guevara era correcta, porque el foco significaba poner en peligro todo lo ganado por el progreso de las diversas revoluciones. Particularmente a partir de la rev. rusa incluyendo la rev. cubana. Repito, desde la visión moral…otra cosa será desde la ética. Porque lo que da un carácter trágico a los hechos, es que el foco de Guevara se correspondía a una respuesta ética aunque la razón indicara que la derrota sería inevitable. Y así fue, sobran todos lo traidores de esa gesta para explicar la derrota. Fue tragedia ateniense, que intuía la política como el arte de lo imposible porque para hombres como el Che, no existía otra posibilidad que la imposibilidad. La ética lo hacia concebir su destino unido a la comunidad, expresada en este caso en el crimen de Vietnam, perpetrado por los EE.UU, pero a la vez permitido por el resto del mundo ordenado, como dije antes, según el modelo de la república de Platón: esto es cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Por eso, esa misma ética implicaba que, de no actuar, asumía al menos parte, pequeña, claro, pero suficiente como para compartir la responsabilidad del crimen.

Dicho directamente: el foco de Guevara fue la respuesta ética a la guerra de Vietnam, recogida después por el Mayo Francés — "seamos realistas, pidamos lo imposible"— y la llamada nueva izquierda en el mundo. Esa ética es la que heredamos , y la diferencia actual pasa por los que la abandonaron y los que no la abandonamos aún a riesgo de no salir de la tragedia.

Volviendo al tema central del este trabajo, recordemos que, respecto a la derrota del Che, siempre se habló de "la traición de Monje" Pues, me tomo la licencia poética de hablar en subjuntivo con un toque de potencial , y digo, hoy no cabe dudas que aún si Monje hubiera cumplido con lo pactado brindando el apoyo total del Partido Comunista de Bolivia, la gesta del Che hubiera sido derrotada de todos modos, simplemente porque el capitalismo habría salido de sus crisis con una mayor capacidad creativa que el socialismo. Por otra parte hoy podemos confirmar que aquello que llamamos socialismo, fue como lo definiera el mismo Lenin, una forma de capitalismo de Estado.

Tratando de lograr una síntesis de lo que pretendo mostrar, repito, mostrar, no demostrar, digamos que al contrario de la versión conspirativa de la historia que le atribuye a ciertos individuos, genios, talentos, artistas o traidores, un grado inaudito de omnipotencia, los hechos indican que en tanto y cuanto acción real inmanente, los seres humanos no logran la conducción consciente de sus actos, la resultante de una empresa propuesta será por lo común inesperada, más aún una revolución. De allí la sabiduría del gran Víctor Hugo cuando afirmaba que toda revolución es una gigantesca improvisación. El talento de los protagonistas consiste en aprovechar toda la potencialidad de esa enorme improvisación.


Los límites de la conciencia

Sobre la primera parte de este texto, una buena amiga que tuvo acceso al manuscrito me comentó lo siguiente

"el texto es excelente, entrador, polémico, me hace sentir que me llevarás a alguna parte ... y esa parte me genera una gran curiosidad ..."

Sencilla pero aguda crítica pues reveló la falta de completud del texto. Entonces yo me pregunto ¿qué falta? Me respondo: llegar a donde iba y entonces aparece la pregunta verdadera: ¿hacia dónde voy? En realidad voy al final para encontrar el origen. ¿Por que me interesa el origen si estoy ya cansado de escribir sobre el pasado? Pues porque quizás saber como fue el origen nos inspire para saber cómo hay que hacer hoy. Atención, dije "nos inspire" no estoy diciendo que vamos a encontrar la fórmula. Buscamos inspiración.

Porque hay que recordar que crecimos en la lucha social, en el sindicalismo y en la política con una creencia poderosa: el papel de la conciencia. Estábamos convencidos de que cuando el individuo es consciente, lucha, se defiende, ataca, busca soluciones, etc. Lo contrario de la conciencia es la inconciencia o, mas simple, la no conciencia. La tarea militante era entonces, de acuerdo a este credo, crear conciencia, porque las transformaciones sólo la pueden hacer las masas. La tarea del militante era muy parecida a la de un maestro. ¡Las veces que habremos bregado que todo militante es un maestro cuya misión era despertar conciencia! Los sacerdotes del tercer mundo, insufribles docentes, espantaron a la Real Academia de la Lengua con la verbalización del sustantivo conciencia transformado en el verbo "concientizar".

Pero a lo largo de los años ocurrieron dos fenómenos que nos hacen revisar estas ideas: uno: muchas personas adquirieron la conciencia y no asumieron el compromiso militante; dos: muchas personas se sumaron a la militancia con escasísima conciencia y la fueron adquiriendo en la lucha.

La segunda observación es: ¿tiene que ver la conciencia con la educación concretamente con la alfabetización? Su correlato ¿es más conciente un alfabetizado que un analfabeto? La respuesta en base a nuestra experiencia concreta es ambigua, puede ser tanto uno como otro, es decir hubo gente que se sumó en un acto de conciencia, digamos "bien pensado" y gente que se sumó en un arranque espontáneo y en la lucha adquirió la conciencia. Pero en este punto es necesario levantar el ángulo de análisis aunque sea como referencia: uno de los pueblos más analfabetos de Europa hizo la revolución rusa y uno de los pueblos más alfabetizados creó el nazismo.

Para abreviar este camino adelanto la siguiente observación, tanto la experiencia histórica como la observación militante muestran que la conciencia es condición necesaria pero insuficiente. Luego que no existe un concienzómetro y que la relación de la conciencia con la educación es relativa. Un sencillo razonamiento indica que adquirir conciencia debería ser más fácil a un alfabetizado porque puede utilizar los instrumentos de instrucción. Pero la misma experiencia indica que detrás hay un condición social que actúa en los individuos sin perjuicio de alfabetizados o no. A esto hay que agregarle el concepto marxista de clase, las categoría explotación y opresión, las que estipulan que el papel en la producción influye, condiciona, la conciencia, porque está determinada por el sujeto histórico.

Va de suyo que no pretendo ser original con estas inquietudes. No son nuevas, tan viejas como la militancia y el viejo Lenin tiene todo un tratado sobre la conciencia, a la que define como "el espejo subjetivo de la realidad". Además de los pensadores, la psicología se ocupa del asunto. En fin….pero lo que me motiva es que sobre el tema no se sabe lo que no se sabe: O mejor dicho la mayor ignorancia es creer que se sabe.

Por ejemplo: recuerdo en uno de los tantos actos electorales de los últimos tiempos, un viejo, viejo de edad digo, un intelectual del P.C. de alrededor de setenta años, soltó soltura y desparpajo una frase de manual leninista: que las elecciones servían para medir "el grado de conciencia de la clase obrera" Este caballero repetía una frase que en su juventud le había escuchado a Lenin, y en su larga trayectoria política en el Partido no se le ocurrió verificar la vigencia de semejante postulado. En ese momento la mayor parte de la clase obrera de Argentina votó e Menem. Recordemos cómo había sido antes: 1973 ganó Cámpora en nombre de Perón; fue un voto contra la dictadura de Lanuse; meses después ganó Isabelita con Perón moribundo, fue un voto contra Cámpora y la aventura montonera; en 1983 Alfonsín barrió; la clase obrera volvió a votar positivamente contra la dictadura. y luego votó a Menem, el hombre que desarmó el Estado de Bienestar. Después se votó a la insufrible clase media que tuvo la virtud de facilitar el argentinazo del 19 y 20 de diciembre. De esos hechos emergió la pareja real Kirchner, la caricatura de los Montoneros. Caramba que sufre altibajos la conciencia de la clase obrera argentina.

¿Sólo en Agentina? Ni hablar de lo que son los actos electorales en los países de tradición politizada como Italia, donde se alternan los gobiernos de izquierda y de derecha, por ejemplo. Ni hablar de ese nuevo invento llamado "voto castigo" sumun del orgasmo del Estado de Derecho.

Es evidente que las elecciones, al menos ahora, no sirven como concienzómetro.

Y también queda a la vista que la conciencia es condición necesaria pero insuficiente. Ello significa que hay un sentimiento ¿qué dije? ¿sentimiento? Pero la conciencia no es sentimiento, es pensamiento.

¡Pues ahí esta el rastro de lo que buscamos!.

Lo que impulsa a la acción no es un pensamiento sino un sentimiento.

Ese sentimiento se llama deseo. Entendiendo a este, como fue expuesto en la primera parte, no como una tentación, no como un sentido de poseer, de posesión, sino como el impulso del cuerpo que busca desarrollar toda la potencialidad. Y aquí me llega el comentario de mi amigo Miguel que me recuerda lo que escribe Leibniz "a veces podemos obtener o hacer lo que deseamos, pero nunca podemos desear lo que deseamos"; es decir, las personas no son el "motor" de sus deseos, la cosa pasa por asumir o no lo que nos constituye y atravieza como deseo.

¿Será muy místico decir que el origen del deseo es misterio?

El deseo es, en primer lugar, sed de creación.

Interesante; ahora me surge la siguiente reflexión: el deseo es corporal, no racional, la conciencia es cerebral, racional. El deseo es la voluntad, la decisión, la acción; la misión de la conciencia, en cambio, es determinar cómo será esa acción. ¿Será muy esquemático inferir que la conciencia, como bien racional se corresponde más con la moral (la que indica el "deber ser") y el deseo como impulso vital del cuerpo se corresponde con la ética? (Me temo que los expertos en filosofía me agarren a los cascotazos.)

Pero aun a ese riesgo saco la conclusión siguiente: la fuerza vital del deseo activa la conciencia y la depura de la moral y la impregna de ética.

Digamos al pasar que podemos resumir la ética diciendo que es la fidelidad al deseo.

Y la conclusión sobre la época actual: sobra conciencia y sobra moral (por algo se la pasan marchando y parodiando a los setentistas, sin ver por donde pasa el sujeto activo)

Insisto en las marchas porque es casi la a única actividad militante, o bien toda militancia está presente allí. Paradójicamente el Che marchó mucho más después de muerto que cuando estaba vivo. Poca gente sabe que el Che no fue el militante estudiantil clásico, casi no se le conoce actividad de ese tipo. Casi no se conoce petitorio estudiantil con la firma de Ernesto Guevara. Muchacho de bajo perfil, sin dudas.

¿Y nosotros? Pues claro, a veces marchábamos para solidarizarnos con determinado movimiento en lucha. Pero nunca hicimos una marcha para peticionar algo al gobierno. Nosotros no peticionábamos. Lo tomábamos, pués.

¿Será que las marchas actuales están muy influidas por el criterio televisivo que lo que no se ve no existe? Tengo para mi que las marchas actuales es la muestra de cómo la izquierda ha sido captada por el criterio que la política es espectáculo. De allí la importancia mayor a la fanfarria—carteles, gorritos, uniformes, banderitas, etc— que a la acción de una marcha.

Sea como fuere el abuso del marcheo indica que es una forma central de hacer política. Y en la marcha se verifica lo dispuesto en la republica de Platón, cada cosa en su lugar, nadie puede salirse del cuadro; el "sistema" parece haber incorporado el marcheo como manera de control social, sobre todo como manera de sostener la iniciativa. Salirse de la marcha sería como salirse del sistema. Cuando digo salirse de la marcha, quiero decir, inventar otra cosa.

La marcha es, entonces, la expresión mayor de conciencia de la izquierda actual, por lo tanto su expresión moral. Y desgraciadamente refleja plenamente su pobreza espiritual.

Pero, por otra parte no se puede llevar adelante acciones políticas transformadoras si no se intenta al menos capturar la iniciativa. Iniciativa para romper lo dispuesto en la república de Platón, para romper la iniciativa del Poder. No puede haber creatividad sin iniciativa y viceversa, no puede haber iniciativa sin creatividad. Claro para asumir iniciativa y creatividad, además se necesita una gran cuota de coraje. El riesgo es que esa iniciativa se transforme en sentido ateniense de la Tragedia. Vimos como eso ocurrió con la formidable iniciativa de los revolucionarios en la guerra de Vietnam.

Para blanquear la metáforas lo diré claro: Iniciativa es rebeldía, y el Poder no perdona la rebeldía, la falta de coraje es no atreverse a la rebelión.

Rebelión en serio muchachos, no rebeldes folclóricos tipo Castells

¿Qué falta entonces para cobrar iniciativa?

Dicho de otra manera ¿Por qué la izquierda no sale del pozo?

Pues está claro, se puede oler en el aire: falta deseo, por eso se aprecian griteríos, y consignas racionales, trajes vistosos, intentos de murgas, pero muy poca pasión.

Sobra conciencia, sobre todo conciencia de que el deseo nos haga caer en otra Tragedia. Conciencia del riesgo de pagar caro la rebeldía, contra la democracia representativa por la democracia plena.

Dicho de otra manera: sobra miedo, miedo a la Tragedia.

Porque en el fondo, creemos en el Estado de Derecho y no hemos aprendido de los griegos a jugar con los Dioses, es decir a disfrutar la Tragedia. Claro, en tiempos de los atenienses no existía el Estado de Derecho, este es un invento de la burguesía europea para regular la democracia que inventaron los atenienses.

Curioso, los guevaristas tampoco creímos en el Estado de Derecho y sí en la democracia, pero no como sustantivo sino como verbo; no como institución de representantes sino como práctica presente.

Por eso sobra la conciencia y la moral. Por eso las marchas son tan ordenadas, tan al estilo de la República de Platón o sea, repito, paradigma del Estado de Derecho, transformador de la democracia en "representativa".

Falta acción y la acción no surge de la representación ni de la conciencia, surge del deseo presente, no re-presentado.

martes, 29 de diciembre de 2009

¿Hay que transformar el mundo o hacerlo de nuevo?

Por Luis Mattini

“La existencia del Estado y de la esclavitud son inseparables"

(Karl Marx)

Según el mito del progreso, al capitalismo le sucedería necesariamente el socialismo y por último el comunismo al final de un largo camino en el que se integraría todo lo conquistado por la cultura humana en la historia. Pero este paradigma confundió una postura ética, ontológica, perenne, de Marx –la llamada Tesis 11, “no sólo interpretar sino transformar al mundo”– con su puesta en práctica, el llamado al combate, mediante una hipótesis de Marx que sirvió de impulso a ciento cincuenta años de lucha: Esta hipótesis consistió en considerar el carácter objetivamente revolucionario de la clase obrera como emancipador de la humanidad y la apuesta a la revolución proletaria en la crisis del capitalismo. Sin embargo, al asumir como “ley” lo que era un cuerpo de creencias, una apuesta, una buena hipótesis, se olvidó que Marx afirmó también que, si al momento de la crisis capitalista, el proletariado no hacía tal revolución, la humanidad podría regresar a la barbarie. Esto indica que Marx no fue un cultor del mito del progreso; por el contrario temía y previó la regresión.

Este es el momento actual previsto; el de la crisis capitalista y el riesgo de regreso a la barbarie que se expresa en la presente decadencia de la civilización y la grave amenaza al medio ambiente. Más que riesgo, en algunos aspectos estamos viviendo ya la barbarie.

Otra hipótesis

Vamos a intentar ahora otra hipótesis guía bajo la inspiración de la misma Tesis 11.

Quizás no se trata de cambiar al mundo sino de hacerlo de nuevo.

¿Cuáles serían las consideraciones a tener en cuenta para este enunciado?

Primero, que no hubo “estrategia” trascendente en la formación del mundo, sino que fue espontáneo. De modo que para “hacerlo de nuevo” no necesitamos “estrategia” trascendente, necesitamos acción inmanente.

Segundo, no concebir ya al socialismo como automático sucesor “material” del capitalismo en donde la ruptura sería sólo un acto político (revolución) de captura del Estado, puesto que el capitalismo no es un simple sistema económico cuyo aparato de dominación es sólo el Estado, sino una relación social que interactúa; la sociedad de mercado reproduce la relación social y viceversa, tal relación reproduce el mercado. El ciudadano, el sujeto se troca consumidor, en objeto. Es decir que todo producto de ese progreso es, en principio, sospechoso de trocar al sujeto en consumidor, real o virtual.

El socialismo que propiciamos ahora implica, entonces, un enorme esfuerzo de creación, no sólo reparto ya de la riqueza, sino también una profunda ruptura con una forma de producir y consumir. Por ello ahora la lucha entre capital y trabajo y explotación de los trabajadores está contenida en una lucha contra la amenaza de muerte que sufre la humanidad por la producción biotecnológica, minera o la búsqueda de combustibles.

El progresismo es el primer sostén actual del sistema.

En efecto, ocurre que esto, visto desde el “progresismo”, contiene como insospechada consecuencia, una resistencia que aparece como “conservadora”, toda vez que la dominación no reside sólo en la propiedad de los medios de producción, sino en el carácter mismo de esos medios. ( resistencia que, de hecho, están haciendo los sectores más radicales en el mundo) Hay que asumir que el progresismo conceptual es el primer sostén actual del sistema, ya que no siempre se recuerda que el mito del progreso es un atributo del capitalismo.

Marx explicó muy claro en el Manifiesto Comunista que la burguesía es una clase que no puede existir sino revolucionando constantemente y que en esa revolución creaba –a su pesar– las bases materiales para el comunismo. Pero de allí no debe deducirse –como se hace– que la esencia de la humanidad es vivir revolucionando de modo constante los medios de producción. Porque el ser humano no es esencia sino potencia, por tanto puede decidir si revolucionar o no. Hoy queda claro que la humanidad debe “regular” (y hasta “conservar”) los cambios en los medios de producción, reservando aquellos óptimos y sustentables a la satisfacción de un reino de la libertad posible solamente logrando el equilibrio ecológico.

Porque hoy las bases materiales para la socialización universal están harto satisfechas y, sin embargo, la “revolución” de la burguesía continúa, no sólo explotando trabajadores, sino amenazando la vida misma. Nunca, en la historia hubo mayor revolución tecnológica y a la vez mayor diferencia entre ricos y pobres; y por primera vez en riesgo para el planeta. Ya no se trata sólo de liberar a la esclavitud asalariada, sino de preservar la vida de la especie de la catástrofe ambiental. .

Por eso la resistencia de los desposeídos aparece como “conservadora” frente a esta ofensiva capitalista que ya no extrae plusvalía sólo de la fuerza de trabajo, sino también de la vida. De ahí que algunos pensadores insistan con el concepto de “biopolítica”

¿El Estado o la Comuna?

Los marxistas parecen no haber entendido al Marx de la gemeinweser, (comuna) que escribió: "La Comuna no fue una revolución contra una forma cualquiera de poder de Estado, legitimista, constitucional, republicana o imperial. Fue una revolución contra el Estado como tal, contra este aborto monstruoso de la sociedad”– porque ese marxismo posterior a la Comuna de Paris, por el contrario, hizo un culto del Estado y consideró lo magno como lo superior, la apología de los Estados Nacionales avanzando hacia los Estados multinacionales.

Hoy ese reagrupamiento de Estados, diluyendo los Estados Nacionales, lo está haciendo el capitalismo. En el caso de América Latina y Europa con el entusiasta apoyo de las izquierdas. Al menos reconozcamos la paradoja: que la resistencia radical a estas tendencias del capitalismo son “conservadoras”: tienen la apariencia de “regreso” a la comuna. La izquierda tradicional la critica por falta de “estrategia”, por demasiado “comunales”

Pero, atención: quizás en ese “regreso a la comuna” se encuentre la alternativa a la producción biotecnológica.

Por otro lado recordemos que ese paradigma de lo magno cubre toda la vida humana, a tal punto de ser el autor de esa gran abstracción llamada “mundo”. Abstracción que, facilitada por la televisión, se transforma en la más grande de las ilusiones que ha conocido la humanidad: la ambigua ilusión de, por un lado conocer e incidir en ese “mundo” y por otro, la impotencia de no poder hacerlo. Si lo que hago en mi barrio no sale en TV no “incide” en el mundo, por lo tanto no vale nada, no existe. La pantalla es la realidad, aún para los protagonistas.

El mismo paradigma de lo magno se plantea en la organización: grandes partidos o movimientos de millones de personas nacionales y proyectados de la misma manera hacia el ámbito internacional. Las huestes del proletariado preparando la batalla decisiva contra las hordas del capitalismo. Vanguardia y homogeneidad “ideológica” que, no por casualidad, fue sistemáticamente homogeneidad en la obediencia. El estalinismo fue su expresión más extrema y perversa, más no la única.

Hoy la resistencia radical a los agronegocios, la minería a cielo abierto y la depredación en los combustibles contra la agresión al medio ambiente, se organiza en miles de grupos heterogéneos, quienes intuyen cada día más que en que en la multiplicidad está la vida y la creatividad, al mismo tiempo que buscan formas de articular las luchas, sin que ninguna batalla sea decisiva y todas son importantes y, sobre todo, sin centralizaciones burocráticas.

Además, el paradigma anterior, hijo dilecto de las ciudades, no podía menos que ser urbano. El campo era sinónimo de barbarie. La cultura agraria (irónicamente la base de la civilización) era considerada, “romántica”, retrógrada por ser “medioeval”, individualista, antisocial, debía ser reemplazada por la tecnología. El socialismo estaba llamado a liquidar la contradicción campo-ciudad “urbanizando” a los campesinos. Hoy eso lo está cumpliendo el capitalismo con creces, sólo que hacinando en la periferia de las ciudades a los agricultores reemplazados por hombres de negocio.

Quizás la idea más fuerte del paradigma anterior fue la exigencia de “transformar” desde arriba, es decir desde el Estado.

“Hacerlo de nuevo”, que es lo que proponemos hoy, en cambio, contiene la idea de la gemeinweser, la convicción de que la sociedad, como pensaba Marx, sólo puede transformarse desde abajo (el “abajo” no descarta alzamientos insurreccionales) El desafío de hoy es cómo hacerlo de nuevo: la base material, la riqueza material y espiritual está aquí, a nuestro lado, entre y con nosotros, hay que preservarla, “conservarla” de la destrucción capitalista, repartirla, porque hemos llegado al punto de partida.

El futuro está en el aquí y ahora.


martes, 20 de octubre de 2009

LOS SUEÑOS DE LOS SETENTA


Por Luis Mattini

Tengo el temor de que los proyectos políticos marxistas que llevamos adelante, poniendo todo el cuerpo, en los años setenta estén a punto de ser derrotados, no por la vía de su destrucción, como lo intentó primero el gobierno de Isabelita y después muy duramente la dictadura, sino por la perversa vía de la distorsión. Porque el terrorismo de estado había logrado destrozar nuestra organización, pero no nuestro proyecto. Para el caso de una eventual derrota actual, la primera beneficiada de eso seria la camarilla gobernante, pero esos beneficios serían posibles gracias al no tan desinteresado aporte de cientos de personas pertenecientes a varios organismos de derechos humanos y otros cientos que se benefician de puestos estatales, más allá de la ocupación laboral que tenemos los empleados del Estado, sea como docentes, profesionales o administrativos asalariados.

La distorsión va desde el extremo disparate de afirmar que se está marchando hacia un modelo de país soñado por los setentistas, hasta la “sencilla”, pero no inocente, idea de que el mérito de este gobierno que lo haría casi incriticable, es la defensa de los DD.HH. y la Memoria Histórica. Todo ello se engarza con la falsa idea de que nosotros habíamos luchado por la democracia hacia una total estatización de la sociedad, incluida la vida y los sentimientos privados, tipo chavismo-peronista, olvidando que para el marxismo no puede haber completa liberación social hasta tanto no se extinga el Estado.

Realmente me sorprende la falta de memoria (de quienes precisamente se llenan la boca hablando de esa ya frase hecha : “memoria histórica”) para recordar las grandes discusiones que precedieron y acompañaron la toma de las armas. Las veces que hemos repetido que sólo admitíamos al Estado como una inevitable dictadura del proletariado durante un período de transición y que deseábamos lo más corto posible. Las veces que, al menos en lo interno, criticábamos a los socialismos existentes precisamente por mantener políticas de Estado que transformaron la supuesta dictadura del proletariado en dictadura de la burocracia; y si a veces no lo hacíamos públicamente era por razones de oportunidad política frente al capitalismo.
La falta de memoria para recordar cómo estudiamos en Lenin, que la democracia es un determinado modelo de dominación y no un ideal humano; por lo tanto la democracia, con cualquiera de sus aditamentos, no era nuestra meta, si bien hablábamos de “democracia popular” como un periodo de transición.

¿Cómo pueden haberse olvidado algunos de nuestros compañeros la consigna para el programa inmediato por el que luchábamos: “gobierno obrero popular”? ¿Tiene algo de “obrera” la mujer que nos gobierna en medio de su desfile de modelos apoyada por la burocracia sindical, hoy transformada en empresarios? ¿No ven que el discurso de DDHH del actual gobierno se reduce a lo pasado en los setentas? ¿No ven la violación cotidiana de los DD.HH. como consecuencia de la persistencia en un modelo productivo basado en la biotecnología agraria, la industria derivada, la minería abierta y la manipulación de recursos energéticos, todo ello marcando una peligrosa tendencia al monocultivo que se transforma en una fabrica reproductora de pobres?
Claro, este gobierno no es Videla ni el fascismo, eso está claro, pero a veces no parece tan claro porque estas personas ligadas a los organismos de DD.HH. actúan como si estuvieran obligadas a optar por el mal menor.

No señores, vivimos una plena democracia representativa, quizás menos que Suecia o Alemania, pero bastante más que muchos otros países democráticos; eso debe quedar claro, no existe otra democracia y a esta se la puede mejorar con esos adjetivos de moda, “participativa”, “popular”, etc, pero sólo mejorarla, porque siempre será un modo de dominación de una clase por otra.
Porque lo que parecen olvidar quienes dicen que este es el gobierno de los setentistas, es que, —al menos el PRT-ERP—, luchaba por una sociedad sin clases. Y lo que es peor, a veces creo observar que algunos compañeros que pertenecieron a esta organización, por momentos parecen avergonzados de admitir que nosotros éramos comunistas, tan comunistas que frente al partido comunista o a los partidos trotskistas, y otras variantes pro-chinas, nos sentíamos los verdaderos comunistas, éramos los internacionalistas de primera línea y nunca creímos ni en el socialismo en un solo país, ni en la vía estatal hacia el socialismo.

Ah, un detalle: entre las cosas para el futuro que discutíamos mientras ejercíamos la militancia y poníamos el cuerpo en la lucha armada, estaba la idea de que en el socialismo desarrollado desaparecería la división del trabajo, también desaparecerían la disciplina llamada economía política y el derecho como “ciencia jurídica”, por lo tanto hablar de derechos humanos seria un absurdo, algo así como hablar de derecho a respirar. El chiste era resolver que hacer con los millones de abogados y economistas que pasarían a ser desocupados. (Para no hablar de los escribanos).

Y sí señores, a la generación que nos sigue le contamos —y a nuestros desmemoriados les recordamos— que nosotros teníamos tiempo para organizar la acción política, el sindicalismo, los estudiantes, los barrios, entrenarnos, estudiar teoría marxista y arte militar, ejercer la lucha armada y además de todo eso, fantasear con los sueños sobre la futura sociedad, cómo serían la relaciones una vez desaparecidas la feria de vanidades, en primer lugar los títulos académicos que reemplazan a los títulos de nobleza. Soñábamos que el machismo desaparecería automáticamente al desaparecer las causas que lo crearon, en fin, muchas cosas idealizadas, claro, pero estamos hablando de sueños y todo cambio en la realidad de la historia siempre empezó siendo sueño.

Bueno eso era parte de nuestros sueños. La crueldad ilimitada de la represión de la dictadura pudo con la organización, pudo reventar la resistencia, pudo asesinar a miles, pero no pudo con nuestros sueños. Por eso digo que en el fondo no pudo derrotarnos.
Ahora me pregunto, realmente preocupado ante la evidente ausencia de sueños y fantasías reemplazadas por la racionalidad de las universidades “alternativas” o “populares”, o las marchas de ordenados y prolijos guevaristas…me pregunto digo, si esta malversación que se está haciendo públicamente de los sueños setentistas reduciéndolos a la simple “conquista” de los derechos humanos, por parte del gobierno y los cómplices objetivos que he mencionado, no podrá ser preludio de la derrota. ¿Aquello que la dictadura no logró con todo el peso del terrorismo de estado, se conseguirá con este modelo de dominación que ha logrado comprar a muchos ex-protagonistas?
Pues, los que nos atrevemos a seguir soñando le decimos: “Nuestros sueños no caben en sus urnas”


martes, 18 de agosto de 2009

¿Nueva derecha o nuevo modelo de dominación?


Por Luis Mattini

Hace unos días, al cruzar la avenida Entre Ríos hacia el Congreso de la Nación mi vista fue herida por el siguiente cuadro: la vereda desierta y sobre ella una fila de horribles entramados de hierro y alambre paralela cubrían en parte esas formidables y hermosas rejas que tiene la fachada del Palacio. ¿Por qué herida mi vista? Porque me inicié hace cincuenta y tres años como herrero forjador, oficio que ejercí hasta los 30 y ello me permite afirmar que nadie puede apreciar mejor que un herrero, la capacidad del ser humano de moldear el hierro con las manos, para producir esa belleza, lograr esas verjas que el público en general apenas aprecia y los profesionales suelen adjudicarle el mérito sólo al diseñador.


Además , esas verjas son extremadamente sólidas, sólo es posible derrumbarlas con un tanque o una gran topadora. ¿Por qué entonces esos enclenques entramados metálicos portátiles que la policía despliega aparentemente para contener a los manifestantes? ¿Qué mejor muro de contención que la verja original? En una recorrida por la ciudad veremos en todo edificio público esos mismos artefactos, incluso frente al formidable Palacio de Tribunales.

Curioso, frente a la sede de las empresas privadas no hay dispositivos preventivos, aun las multinacionales. Esto me llama la atención porque cuando yo era herrero forjador, también fui sindicalista y el grueso de las protestas las hacíamos contra las empresas privadas o las empresas estatales que brindaban servicios públicos que eran muchas. Claro, también es cierto que la “demostración” para “demandar” “reclamar” en “nombre” del derecho era más esporádica, o sea , las acciones eran más activas, valga la redundancia, paro, huelga, ocupación, etc, no se “reclamaba” el derecho, se lo ejercía de hecho.


Bien, cualquiera que tenga una mínima experiencia en manifestaciones y represión de las mismas se da cuenta que esos artefactos metálicos no sirven para impedir el paso de marchas sino para llevarlas por canales determinados. ¿Para qué sirven entonces?


Veamos, en los primeros años sesenta se puso de moda la palabra canalizar, porque cuando se descubrió el carácter “progresista” del peronismo, la mayoría de los grupos marxistas pretendieron “canalizarlo”, los trotskistas con su política de “entrismo”, el PC con la famosa tesis de Codovilla del “giro a la izquierda” del peronismo, los sacerdotes tercermundistas porque no pueden sustraerse a su populismo y, desde luego, finalmente lo que años después se llamó Montoneros, cuya estructura dirigente lo constituían o bien marxistas que peronizaban o bien cristianos y a veces algún peronista.


Pero la vida tiene sus paradojas. La que resultó finalmente canalizada hoy en día es la izquierda. Literalmente en esos “canales” formados por estructuras metálicas para asistir el ejercicio del derecho a protesta, a manifestar, a demostrar en la vía publica. ¿Asistir? ¿asistencia? Si, eso es. No se trata de simple juego de palabras, se trata de que el Estado hoy ejerce una politica asistencialista, por medio de subsidios de diversas especies, magros a nivel de cada persona, pero eficaces como elementos de contención social. Esos artefactos de hierro están, entonces, para canalizar la protesta por lo carriles del Estado de Derecho, trazados por los poderes ejecutivos y custodiados por agentes policiales. En caso de ser necesaria la represión, será ordenada por el Poder Judicial y la ejecutaran tropas de asalto de la policía, los protagonistas detenidos podrán ser juzgados. Eso se llama criminalizar la protesta. Se la utiliza cuando los canales físicos y monetarios se muestren insuficientes para la contención.


O sea. Estamos frente a una modalidad de dominación diferente. Quizás sea exagerado llamarlo nuevo modelo de dominación, pero también es poco preciso hablar de “nueva” derecha. Creo que más justo es decir que la derecha adquiere nuevas formas. Esta formulación tiene la ventaja de dejar ver más claro aún que en estos días la derecha está dentro y fuera del Estado y del gobierno y, en todo caso las diferencias representan matices diversos de intereses o bien mayor o menos inteligencia para la dominación. Por ejemplo, es evidente que la discusión por las llamadas retenciones a las exportaciones es una pelea por intereses y al mismo tiempo deja a las claras que hay un sector —el de los agronegocios— que no comprende que parte de esos subsidios son empleados en la política asistencial que contiene millones de personas que en otras épocas estarían quemando campos de soja, así como durante el cordobazo destrozaban las instalaciones de la empresa xerox.


Por eso es que afirmamos que la izquierda perdió definitivamente su identidad, hasta su razón de ser, cuando compró el mito del Estado de Derecho, como si este fuera parte de su acerbo y no un producto burgués. En esto hay responsabilidad en parte de de algunos exiliados que se vinieron con ese mamotreto bajo del brazo. Otra parte de responsabilidad la tienen los sobrevivientes o descendientes de sobrevivientes que identifican “derechos humanos” con las utopías por las cuales nos jugamos la vida en los setenta. Dicho de otro modo: identifican Justicia con condenar a los militares que ejercieron el terrorismo de Estado. La paradoja es que esa “justicia” se ejercerá con la vigencia del Estado de Derecho, será justicia burguesa. No tiene nada de malo, al contrario, bienvenida sea, sólo que no es por la que lucharon sus padres.


Claro, hay que tener en cuenta que en esta degradación de valores y conceptos, también tiene su importancia el derrumbe del Sistema Socialista Mundial, como ensayos de sociedades superadoras del capitalismo. Y, lo que es para nosotros particularmente doloroso: Cuba, país que a cincuenta años de la revolución más formidable de América después de la mexicana, hoy tiene el 80 por ciento de sus tierras improductivas e importa, nada menos que de los EE.UU, parte importante del ochenta por ciento de sus alimentos, a pesar del bloqueo. Encima políticamente está más cerca de la monarquía que del socialismo marxista.


¿Chavez y el socialismo del siglo XXI? Cualquier argentino de mi edad puede asegurarles que en 1946 Perón, en apenas diez años, que son los que lleva ya el Venezolano, creó un estado de bienestar productivo, una nación que producía prácticamente todo lo que consumía. Con un poco más de modestia se lo llamó “socialismo nacional”.

Si amigos, perdón por mi tono irónico, pero lo que ocurre es muy duro. O dicho de otra forma, vivimos un periodo histórico de especial reacción. Claro, este punto de vista es contradictorio con quienes piensan que en América Latina es diferente al resto el mundo. Sin embargo a excepción de Bolivia, en donde la activa presencia indígena obliga a mirar con otros ojos, en el resto, progres más, progres menos, se vive el post- neoliberalismo….que no es el socialismo, ni siquiera una oleada “democrática” al viejo estilo, sino la forma que asume la nueva forma de dominación. Sin dudas que con mayores o menores talentos según los países, pero todos en la onda de la readaptación del capitalismo.


Volvamos a nuestro nuevo modelo. Las palabras contención y asistencia son claves. Hay que recordar que cuando surgió el capitalismo en la historia, su rasgo fue incorporar a toda la sociedad a la producción; unos como empresarios, otros como obreros hacedores de plusvalía y una minoría como servicios. Quedaba fuera de la sociedad un grupo marginal de “inadaptados” (delincuentes, prostitutas, vagos, linyeras, etc) que se los denominó “lumpen proletariado”. La desocupación era transitoria y estaba destinada a regular el precio de la mano de obra por la ley de la oferta y la demanda. La función del Estado era armonizar el sistema, cuidar que cada clase social hiciera lo que le correspondía de acuerdo a las leyes.


Pero a los largo de los siglos la producción fue requiriendo cada vez menor mano de obra, al punto que hoy en día, los “marginados” no son un grupo de “lumpenes” sino una porción muy grande de la sociedad para quienes el capitalismo actual no tiene lugar. Dicho en forma cruda, están demás. Pero no se lo puede hacer desaparecer, por lo tanto el Estado los debe contener. Para el capitalismo es más productivo reducir la mano de obra a costa de subsidiar el mantenimiento de los desocupados crónicos (planes de contención) que regular los métodos de automatización del trabajo de manera que se mantenga la plena ocupación.

Dicho de otra forma: prefieren pagarles para que no trabajen, eso es, en última instancia el asistencialismo que ejerce el estado que expresa los intereses de ese modelo productivo. Y ese es precisamente el aspecto más irracional del sistema capitalista.


Esto es así y nuestro cometido debería ser intervenir para conocer a fondo y estudiar hasta descubrir por donde enfrenarlo y establecer una resistencia eficaz. Pero ocurre que la mayoría de las organizaciones de izquierda, lejos de combatir el asistencialismo, tienden a afirmarlo. Ocurre en todos lados, pero particularmente en nuestro país lo es a partir del 2001, cuando las organizaciones de izquierda mostraron más temor al “caos” resultante del espontaneísmo de masas que ellas no pudieron liderar, que al orden burgués. Por lo tanto pasaron a colaborar con la burguesía para contener a las masas.


¿Ignorancia? ¿Falta de conciencia? ¿impotencia? ¿Estupidez?...Hay un poco de eso y hasta les doy esa chance…pero no, desgraciadamente estas cosas son las que nos hacen poner en dudas cuando algo es ingenuamente inocente o se trata de franco cinismo. Porque resulta que parece ser bastante sabroso y rentable contar con recursos financieros estatales para organizar marchas disciplinadas (nada de espontaneismo pequeño burgués) uniformadas, embanderadas, marchantes ordenaditos , prolijos y bien vestidos y equipados como niños de una buena escuela, que muestren nuestras fuerzas y capacidad militante… o sea nuestra razón de ser. De manera que ahora el Estado no sólo subsidia la desocupación sino también la cuota del afiliado y hasta la renta del funcionario de partido.


La aún llamada izquierda dejó de ser, insisto, porque la razón de ser de su origen fue la lucha contra el Estado y ahora pasó a luchar contra el gobierno o sea, pasó a ocupar un lugar dentro del Estado, por lo común lugar de oposición porque no le da el cuero electoral par más. Tanto es así que con frecuencia apoya a la “derecha” opositora porque están contra la “derecha” en el gobierno.

Esto referido a la izquierda orgánica, si vemos lo que pasa en la intelectualidad, el panorama es más negro aún, pero los mecanismos y las razones son más o menos las mismas. También el Estado ha logrado al fin encontrarles su precio. Desde luego que hay excepciones, de lo contrario yo no estaría escribiendo esto, ni La Fogata me lo publicaría; somos parte de la excepción.


Más que de excepción convendría hablar de la existencia de otro movimiento cuyo rasgo es la resistencia y la lucha contra el Estado de hecho, sin definiciones ideológicas, a punto tal que en algunos casos ni siquiera se sabe que es una lucha antisistema. Este movimiento de hecho, que carece de centro, lo componen quienes se movilizan para oponerse a aquello que es esencial al modelo productivo actual y que perjudica a la población. (explotación de los recursos, tierra, mares, minería, pasteras y oposición tenaz a todo lo que sea monoproducción) (piénsese que monoproducción es también depender en forma exclusiva del petróleo o del turismo habiendo tierras para garantizar la soberanía alimentaria) Este movimiento apenas se ve, no poque sea chico, sino porque está debajo de la superficie, carece de dirigentes y la TV no lo registra.

Por ahí, por se lado los marxistas deberíamos buscar el sujeto, sin prejuicios ideológicos ni infantiles conceptos clasistas que aún tienen arraigados algunos setentistas de origen pequeño burgués que todavía hablan “de la clase”; de la “conciencia de clase” y hasta del “miedo de clase” (parece ser que el miedo “obrero” es diferente)


Examinar cómo la consolidación de la sociedad posindustrial, o sea de esta nueva faz del capitalismo, desplaza irremediablemente al sujeto “proletario” de su centro. Pero no es que se “amplia” en forma sumatoria y de ese modo la izquierda cree que es ir agregando temas y consignas a los programas (feminismo, ecología, racismo, inmigraciones, biotecnología, etc) No, no se trata de una suma, se trata de un cambio cualitativo que incluye cambios en la centralidad y que supera muchas taras del pasado y nos permite repensar el tema y hasta la propia necesidad de sujeto. También es imprescindible repensar el contenido de las palabras izquierda o derecha, para ver que ya no se trata de una división en cómo se administra un modo de producción, en el sentido del reparto de sus beneficios, sino en cuestionar un tipo de desarrollo productivo que pone en riesgo la civilización. O sea, ahora es una cuestión de vida o muerte. Izquierda pasará a ser todo lo que facilite y se juegue por el desarrollo de la vida.


Por ese camino podemos ver falsas antinomias y evitar el maniqueísmo que pretende que tomemos posición a favor del gobierno o de los agronegociantes con el argumento de frenar a la “derecha”: estamos contra ambos porque ambos son derecha, como hoy debe de ser calificado de derecha todo partido, socialista, comunista, trostkista o cualquier ista, que impulse un modelo de desarrollo que acentúe la monoproducción, y un modelo político que se apoye en la canonización del Estado de Derecho y tienda a infinitas reelecciones en sucesión monárquica. Esa es la no-vida.

lunes, 17 de agosto de 2009

ENTREVISTA A LUIS MATTINI POR SU NOVELA EL SECRETO DE LISBOA

Lunes, 17 de agosto de 2009

LITERATURA › ENTREVISTA A LUIS MATTINI POR SU NOVELA EL SECRETO DE LISBOA

“La ficción es mucho más convincente que el ensayo”

El escritor y ex militante entabla una suerte de diálogo generacional en el que despunta una morfología del deseo. Así se suceden un secuestro, preguntas incómodas sobre el pasado, el rescate de la ética revolucionaria y una crítica al machismo de los ’70.

Por Silvina Friera

La historia que cuenta Luis Mattini en su segunda novela, El secreto de Lisboa (Peña Lillo, Ediciones Continente), es increíble, pero sustancialmente cierta, parafraseando el epígrafe de Borges que preludia el nudo de un relato que se desatará ante los ojos azorados del lector. Una joven italiana, Mercedes, hija de una francesa y de un argentino que fueron militantes del PRT-ERP en los años ’70, desembarca en Caracas en abril de 2002. A su madre le dice que quiere ver de cerca “esa insólita revolución bolivariana”, que será el tema de su tesis de maestría. Pero el motivo del viaje es otro: entrevistar al “Tordo”, un veterano compañero de militancia de sus padres ahora confeso chavista, gravemente enfermo de cáncer, con la esperanza de que le pueda sonsacar la verdad sobre su origen, que ella supone confuso, y cuya madeja estaría en el secuestro a un empresario norteamericano en Lisboa, a fines de 1976 –en un operativo en el que su madre fue la pieza clave que puso el cuerpo–, para obtener el dinero que permitiría ayudar a un puñado de militantes varados en Brasil. Mientras el “Tordo” le da duro y parejo al whisky, “su mejor medicina”, y accede a que Mercedes, la “Tanita”, lo entreviste, comienza a construirse la ríspida gramática de un diálogo generacional jalonado por el presente venezolano, el golpe a Chávez que se cuela por la ventana de la narración. Pero también Mattini, el ex militante que se apropió literal y literariamente de su nombre de guerra para escribir ficción, se anima a despuntar una morfología del deseo, una política de la subjetividad, poco frecuentada por quienes abrazaron las múltiples avenidas que conducían hacia la militancia marxista.

De las evocaciones que hace la “Tanita” sobre su propia pesquisa, previa al arribo a Caracas, emerge la punta de una de las primeras confrontaciones, al recordar el encuentro que tuvo con Rodolfo, uno de los protagonistas de ese “secuestro de novela”: “A mí me da risa, y rabia, porque cuanto más en detalle escucho las historias, más siento que vosotros eráis más delirantes que nosotros. No tengáis miedo, no los vamos a imitar, tendremos que inventar otro delirio”, dice la muchacha, en ese castellano castizo, achispado de tanto en tanto por algunos argentinismos. El “Tordo”, que ha hecho muchas cosas en la vida, y hasta admite que se disfrazó con una sotana para “una opereta”, en un momento le explica a Mercedes: “Metete en la cabeza que nosotros no éramos ni bohemios, ni delincuentes, y mucho menos terroristas; éramos combatientes en una guerra de liberación y había que guardar las formas civilizadas de la guerra. No lo considerábamos un secuestrado sino un prisionero de guerra. No estábamos robando, expropiamos al imperialismo, no pagaba él, pagaba la empresa con el dinero que obtenían expoliando a nuestros pueblos”.

El hombre que nació en Zárate en 1941 como Arnol Kremer Balugano y sucedió a Mario Santucho en la conducción del PRT-ERP tiene un lejano parecido a Marcello Mastroianni, aunque es más alto y corpulento que el actor italiano. En el bar de Palermo, donde apura un café, nadie registra que ese señor de traje y corbata fue un indómito activista sindical y protagonista principal de las luchas políticas de los años ’60 y ’70. No hay bigote, ni barba, ni melena despeinada al viento que permita semblantear, al menos en la apariencia estética, las huellas de ese pasado “setentista”. De su voz grave, como una muralla infranqueable, emana una serena melancolía. “La única manera de poder reflejar la ética militante es a través de la ficción”, le cuenta a Página/12 su opción reciente por la narrativa. “Se supone que los hechos fueron más o menos reales, más o menos así, en todo caso no están para nada ablandados. Siempre tuve una gran pasión por la ficción, ha sido mi formación fundamental, que me viene de haber leído mucho. Pero nunca me había animado a escribir una novela. Empecé con Cartas profanas y después me animé con esta novelita. En este momento de semejante crisis ideológica y de valores, la ficción es lo que puede salvarnos. La ficción resulta mucho más convincente que el ensayo”, agrega el autor de Hombres y mujeres del PRT-ERP y los dos volúmenes de Los perros, entre otros ensayos.

–¿Por qué es mucho más convincente la ficción que el testimonio o el ensayo?

–Todo testimonio es una forma de ficción. Una cosa es el ensayo, donde uno busca la teoría, razona, analiza. Pero cuando la gente se refiere a un hecho en el que participó, está ficcionalizando porque en definitiva está contando cómo vivió esa parte de la realidad. Hubo una experiencia que me marcó mucho en este sentido. Hace dos años fuimos a dar una charla sobre el Cordobazo con varios protagonistas. Yo fui más que nada para hablar como ensayista, pero recuerdo que me sorprendió mucho cómo los protagonistas dieron testimonio sobre esa experiencia. En realidad, no tenían mucha idea de lo que estaban haciendo: intentaron hacer las cosas de una manera y salieron de otra. La ficción sirve para reflejar cómo alguien se propone algo, pero termina haciendo otra cosa.

–Aunque la “Tanita” admira a sus padres, también los cuestiona. Lo que más le molesta es ese silencio sobre ciertos aspectos del pasado que su madre no quiere contarle. ¿A qué atribuye esta reticencia de los padres a hablar? ¿Tuvo tanta mala fama la militancia que los propios militantes optaron por “autocensurarse”?

–Tengo dos hijos que eran chicos cuando yo militaba. Hace poco, hablando con mi hija, me preguntó por qué me publicaban las novelas. Le dije que tenía una historia, un prestigio por mi pasado militante, pero en realidad no sabía muy bien qué contestarle (risas). Ella me dijo: “Ah, bueno, qué suerte, por lo menos te reconocen algo, ¡fueron años tan tristes!”. A mí me sorprendió que me dijera eso porque para mí no fueron años tristes, pero ella estaba reflejando lo que sintió cuando era muy chiquita. Creo que en los padres hay dos tendencias. Hay padres que no digo que se arrepientan, pero de alguna manera están contrariados con su pasado, no reivindican del todo su historia. Pero también hay algo más grave y complicado. En la militancia de los años ’70, todavía hay cierto halo de clandestinidad, de “de eso no se habla”, “no se puede decir nada”. Me pasó con mi madre, que era militante, y sin embargo no quería decir que tenía un hijo desaparecido, por mi hermano. No lo decía no porque sintiera vergüenza sino por miedo a la conspiración. El personaje de la novela está orgullosa del pasado de sus padres, pero al mismo tiempo se pregunta por qué no hablan, qué les pasa, qué cosas ocultan.

–¿En qué personaje aparece enmascarado Mattini?

–Ay, pero esas son trampas de autor que no debería confesar (risas). En realidad yo soy Rodolfo, pero como autor me identifico con todos los personajes. El único invento total es el personaje de la “Tanita”.

Mattini cuenta que está escribiendo una nueva novela en torno del deseo. “He llegado a la conclusión, hace algunos años, de que la conciencia es necesaria, pero es insuficiente. Hay un elemento que nunca fue considerado por los marxistas, que es el deseo”, plantea el escritor. “Mi padre, que era carpintero, me enseñó de chico a leer libros. El me decía: ‘Mirá, nosotros somos pobres, nunca vamos a poder viajar, lo único que tenemos son los libros’. Mi viejo nunca imaginó que yo iba a viajar tanto.” La pasión de Mattini arrastró a la familia completa, padre, madre y hermano, hacia la militancia en el PRT-ERP. “En las organizaciones armadas tipo Montoneros o el ERP, cuando alguien caía preso los que respondían eran los padres y las madres, y muchos empezaban a radicalizarse y a acompañar a los hijos en la militancia”, repasa Mattini. “Mi hermano, que era dos años menor que yo, fue secuestrado en San Pedro, está desaparecido desde abril de 1976. Por la circunstancia en que cayó muchas veces, sospeché que a mi hermano lo confundieron conmigo. De todas maneras, aunque no lo hubieran confundido, él era un militante, pero yo era el dirigente”, aclara con la voz rasgada por el dolor de ese supuesto equívoco.

De regreso a El secreto de Lisboa, revela que lo que más le preocupó de la escritura de la novela fue plasmar la inquietud que tenía esa chica con su madre. “La Tanita quiere hacer su propia historia y esto es un mensaje que lanzo para H.I.J.O.S. como institución”, dispara Mattini.

–¿A qué se refiere?

–Los militantes de H.I.J.O.S. están cometiendo, me parece, un error, y es que se quedan en lo que fueron sus padres. El único objetivo es recordar cómo fueron en aquella época; ¡pero esos chicos tienen que hacer la suya! Por eso la Tanita, que tiene pocas pulgas, le dice a la generación de sus padres: “A mí no me jodan con sus delirios, nosotros tenemos que inventar otro delirio”. A mí no se me ocurriría nunca decirle a un joven: “Hacé lo que hicimos nosotros”. Cuando me preguntan qué deben hacer, digo que no sé... que ellos tienen que inventar algo.

–En la novela también se atreve a mostrar a una generación muy consciente de la situación que atravesaba el país, pero al mismo tiempo muy ingenua. ¿Había espacio para la ingenuidad?

–No tengo una respuesta sociológica y ahora estoy hablando como ensayista. Las ciencias sociales no han logrado una respuesta a esto, no sabe cómo se producen ciertos fenómenos de los ’70. Recuerdo que una vez me preguntaron en una entrevista si creíamos en serio que íbamos a derrotar al Ejército. “Por supuesto, cómo no lo íbamos a creer”, les contesté. En esta convicción la Revolución Cubana fue clave, y a eso sumale el hecho de que los vietnamitas habían derrotado a tres imperios: los japoneses, los franceses y los norteamericanos. Vivíamos en un mundo donde los movimientos revolucionarios triunfaban y se avanzaba hacia el socialismo. Lo que nosotros no veíamos era la parte negativa, no quisimos ver al Che derrotado en Bolivia, mirábamos al Che de Cuba. Pero cuando murió el Che en Bolivia, su muerte se tornó en un desafío, había que recoger literalmente el fusil del Che. Yo quise reflejar también cierto grado de ingenuidad que teníamos. Me pregunto: si hoy apareciera un Guevara, ¿habría alguien dispuesto a seguirlo?

–¿Cuál sería la respuesta?

–Soy muy escéptico... al menos yo no lo seguiría porque por empezar estoy fuera de época (risas). Lo que me más entusiasmó de hacer este tipo de novela fue intentar demostrar cómo para nosotros la dificultad, lejos de ser una traba, era un incentivo. No teníamos un mango, pero algo hacíamos para resolverlo. El secuestro que se cuenta en la novela fue un disparate, pero rescato ese espíritu de no dejar a nadie en banda y de jugarse por los compañeros. No nos dejábamos amedrentar; en una de las discusiones que tiene la “Tanita” con el “Tordo” ella le plantea que tendrían que haber buscado otra solución. Bueno, a lo mejor había... pero en los años ’60 y ’70 hubo una frase que para nosotros fue fatal: “Hay un único camino”. Nosotros nos movíamos en la vía del único camino...

Los últimos rayos del sol, que comienza a ocultarse, caen en picada sobre algunos edificios y provocan un extraño efecto de irrealidad; el murmullo, la máquina del café, las tazas y las cucharitas tuercen el rumbo de los recuerdos, y de repente Mattini abre las manos como un prestidigitador: “¿En serio querés saber la historia de mi nombre de guerra? Agarrate”, advierte con una inflexión irónica. “Con un grupo de compañeros fui a entrenarme a Cuba. Pero resulta que, antes de llegar, estuvimos veinte días varados en Chile en la casa del MIR; hacíamos cursos y yo estaba todo el día tomando mate. Y uno me dijo: ‘Ahí viene Matini’ –recuerda–. Pero la historia no termina ahí. Cuando salimos, les pedí a los compañeros que llevaran cada uno cuatro kilos de yerba en la maleta. Eramos veinte, así que calculaba que la yerba me iba a alcanzar. Pero consumimos buena parte en Chile. Yo estaba de traje y corbata, con un nombre falso que ahora no recuerdo, y me di cuenta de que teníamos que comprar más yerba. Entonces vino un chileno con una bolsa de yerba, como si trajera carbón, y me fui con esa bolsa al aeropuerto. Cuando fui a chequear el tema del pasaporte, me pidieron un segundo apellido. Yo tenía veintipico de años y le dije: ‘¿Cómo segundo apellido? Nosotros no usamos. ¿Qué quiere, que lo invente? No tengo’. El hombre me pidió que no lo mirara de esa manera, que le dijera el apellido de mi mamá. Ahí me di cuenta de que, además de andar con un pasaporte falso, me ponía a discutir. ¿Te das cuenta de que no éramos perfectos?”

–Bien de argentino cabrón, ¿no?

–Exacto, entonces le dije: “Ay, disculpe. Mattini... y con doble t”. Cuando llegué a La Habana, bajé con el documento que tenía y con la bolsa de yerba y un cubano me dijo: “Oie, chico, ¿esto es ierba?”. Le aclaré que era yerba mate, “la que toma el Che”. Pero estaba prohibido entrar con yerba suelta y me la confiscaron. Entonces se empezaron a burlar y me decían: “Le quemaron la yerba a Mattini” (risas). Cuando volví de Cuba, decidí usar Luis Mattini.

–Como en la novela mezcla realidad y ficción, ¿es cierto que el secuestro se hizo con un arma de juguete?

–Sí, éramos muy corajudos... había que tener coraje para hacer eso (risas)